
En la década de los noventa puse en marcha mi primer Blog, en él, lo único que perseguía era publicar información que pudiese ser útil a mis seguidores. Posteriormente amplié la plataforma y le di una doble utilidad; por una parte que sirviera para ponerme en contacto con mis alumnos, facilitándoles el acceso a la información necesaria para seguir la asignatura de Electrotecnia y Electrificación, que impartía como Profesor del “Departamento de Ingeniería Rural”, de la Universidad Politécnica de Madrid, y por otra; información sobre la “Declaración de Bolonia”, es decir, reforma del Sistema Educativo, (un sistema que no fue entendido por la Universidad Española); amén de seguir con los artículos del anterior Blog.
A raíz de mi jubilación como Profesor, todo el anterior no tenía mucho sentido, así que aprovechando una oferta de IONOS, puse en marcha una nueva página Web, que se correspondiera con mi nueva situación: Profesor Jubilado y haber cesado en todos los cargos, en el ámbito profesional (Colegios, Asociaciones, Órganos Directivos, etc.).
Las páginas que ahora presento solo pretenden seguir dando “salida” a mis inquietudes personales, y servir de vínculo con las personas que puedan estar interesadas.
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En aquel tiempo, mientras Jesús hablaba, sucedió que una mujer de entre la gente alzó la voz, y dijo: «¡Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te criaron!». Pero Él dijo: «Dichosos más bien los que oyen la Palabra de Dios y la guardan». «¡Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te criaron!» Rev. D. Jaume AYMAR i Ragolta (Badalona, Barcelona, España) Hoy escuchamos la mejor de las alabanzas que Jesús podía hacer a su propia Madre: «Dichosos (...) los que oyen la Palabra de Dios y la guardan» (Lc 11,28). Con esta respuesta, Jesucristo no rechaza el apasionado elogio que aquella mujer sencilla dedicaba a su Madre, sino que lo acepta y va más allá, explicando que María Santísima es bienaventurada —¡sobre todo!— por el hecho de haber sido buena y fiel en el cumplimiento de la Palabra de Dios. A veces me preguntan si los cristianos creemos en la predestinación, como creen otras religiones. ¡No!: los cristianos creemos que Dios nos tiene reservado un destino de felicidad. Dios quiere que seamos felices, afortunados, bienaventurados. Fijémonos cómo esta palabra se va repitiendo en las enseñanzas de Jesús: «Bienaventurados, bienaventurados, bienaventurados...». «Bienaventurados los pobres, los compasivos, los que tienen hambre y sed de justicia, los que creerán sin haber visto» (cf. Mt 5,3-12; Jn 20,29). Dios quiere nuestra felicidad, una felicidad que comienza ya en este mundo, aunque los caminos para llegar no sean ni la riqueza, ni el poder, ni el éxito fácil, ni la fama, sino el amor pobre y humilde de quien todo lo espera. ¡La alegría de creer! Aquella de la cual hablaba el converso Jacques Maritain. Se trata de una felicidad que es todavía mayor que la alegría de vivir, porque creemos en una vida sin fin, eterna. María, la Madre de Jesús, no es solamente afortunada por haberlo traído al mundo, por haberlo amamantado y criado —como intuía aquella espontánea mujer del pueblo— sino, sobre todo, por haber sido oyente de la Palabra y por haberla puesto en práctica: por haber amado y por haberse dejado amar por su Hijo Jesús. Como escribía el poeta: «Poder decir “madre” y oírse decir “hijo mío” / es la suerte que nos envidiaba Dios». Que María, Madre del Amor Hermoso, ruegue por nosotros.




